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viernes, 5 de julio de 2013

Presidente Figueiredo, algunos compañeros de viaje y la despedida de Brasil

Nuestra aventura seguía su curso. Desde Novo Airao volvimos 200 kms hasta Manaus y desde ahí 100 kms hacia el norte y hasta Presidente Figueiredo. Empezábamos a terminar nuestro paso por Brasil, y Venezuela se veía cada vez más cerca. Presidente Figueiredo es todavía selva amazónica, una zona atravesada por muchos ríos y arroyos, muchas cascadas y cascaditas donde se puede acampar y pasar el día. La mayoría son brazos del río Negro, que junto con el Solimoes forman el Amazonas. Como bien dice su nombre, el río Negro es de color negro. El agua parece Coca Cola! Perdonen el chivo pero es que no hay mejor explicación. Incluso si uno la saca del río, el agua sigue siendo como un café aguachento. Para nosotros, Figueiredo significó el encuentro con otros viajeros, unos ya de vuelta por Sudamérica y otros que han pedaleado por todos los continentes del mundo. El ambiente se puso dulzón, las historias y consejos iban y venían siempre a la luz de un fueguito. Las clases de macramé, a la orden del día. El Chico se paseaba entre las sillas, las carpas y otros perros y gatos. Cada uno en su salsa!


Cuatro días en Figueiredo ya nuestras cabezas se preparaban para dejar Brasil, después de 5 meses de recorrerlo de sur a norte. Todavía quedaban unos 900 kms de ruta, así que subimos Javi, un viajero chileno que conocimos ahí, arriba de la Kangoo y emprendimos viaje, atravesando la reserva indígena Waimiri Atraori, la línea del Ecuador y el estado de Roraima enterito. Y así, como si nada, nos despedíamos de la tierra de la magia. Fueron 5 meses, 18 mil kms de asfalto, tierra y agua, 18 estados, incontables ciudades y pueblos, muchísima mas gente buena que mala y amigos para una vida. Parábens Brasil! Gracias por todo. No te olvidaremos!!

Pasando por la línea del Ecuador rumbo a Venezuela
Últimas imágenes de Brasil en la reserva Waimiri Atroari
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jueves, 4 de julio de 2013

Novo Airao y el choque acuático

Después de medio día, se nos ocurrió meternos en el interior de la Amazonia. Con algunas pocas lecturas de Internet, salimos hacia Novo Airao, lugar del que teníamos entendido se hace más accesible llegar a conocer la selva Amazónica. El camino es bellísimo, muy parecido al ambiente de la selva misionera en cuanto al paisaje y hasta en los modos de la gente, ya que la principal actividad productiva, para bien o para mal, es la extracción de madera. Sin contar con que la tierra también es colorada como en Misiones.
Pasamos por la Lagoa Limoes (Laguna Limones, literalmente) que es un espejo de agua precioso, en donde se puede ver al Boto (o delfín de rio) rosa saltando y a muchas aves alimentándose de los árboles que crecen alrededor. Lastimosamente, no había donde acampar o quedarse así que seguimos hacia nuestro destino del momento.

En Novo Airao se respira Amazonas puro! El pueblo está en la margen del río y es muy tranquilo. Se llama así, porque la vieja Airao (Airao Velho) fue invadida por hormigas que hicieron huir a la gente del lugar en pocos días y fundar la nueva ciudad. Así de intempestiva es la naturaleza por estos lugares. En el antiguo pueblo, se comenta, que sólo vive un japonés ermitaño que hace las veces de guía para los turistas que deciden visitar las ruinas del pueblo. En cambio en el Nuevo Airao, hay muchos gringos que se establecieron y son dueños de posadas y restaurants.

Después de dar unas vueltas por la ciudad, que no tiene algo especial en sí misma, encontramos nuestro hogar nocturno, en medio del pueblo y dormimos bajo una lluvia torrencial que sólo paró despues de las 4 de la mañana. A esa altura, todo lo que nos pertenece e incluso nuestras personas, estaba empapado de humedad. Todo tenia ese olor característico de la humedad y estaba pegajoso. Agradecíamos, no obstante, haber caído en la estación húmeda, ya que en la estación seca, el calor es recalcitrante y se llega a temperaturas de más de 40 grados! Al día siguiente siguió lloviendo, mientras nosotros buscábamos a algún lanchero que nos paseara sin robarnos a mano armada. No fue fácil. Recién a las 3 de la tarde conseguimos a alguien y aunque el precio todavía era caro para nuestros estándares, aceptamos el trato. Después de todo, uno no va al Amazonas todos los días de su vida!


Nos adentramos por unos brazos del río, que sólo se forman en la estación húmeda, cuando el Amazonas crece más de 17 metros sobre el nivel de la tierra. Estos canales, que los brasileros llaman trilhas aquáticas, no se ven a simple vista ya que sus entradas están tapadas por vegetación.

Los lancheros conocen de memoria el río, pero se deben reir bastante de los turistas, porque de un momento a otro, encaran para el medio de los árboles, uno piensa que el tipo se volvió loco, que va a chocar la lancha y de repente se encuentra dentro de la "trilha", como si fuera un truco de magia.
Ahí "adentro" los árboles tapan el cielo. Si afuera llovía, ahí solo caen unas gotitas. Si había sol tampoco se ve. Es como un túnel de agua y árboles. A los costados sólo hay más y más árboles y se puede escuchar a las guacamayas cantando. De repente el canal se empieza a abrir y uno aparece en una laguna enorme, desierta, con la superficie cubierta de arroz que crece salvaje y da de comer a peces y aves. No se escucha ningún sonido y cada voz parece una intromisión en la paz reinante. El agua está tan quieta que el lago es un espejo perfecto del cielo.


Uno se quedaría ahí, quizás petrificado, tratando de ser una parte de más del paisaje, pero no, existe el "sistema" entonces el lanchero arrancha el motor y te lleva de vuelta a la civilización.

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miércoles, 3 de julio de 2013

La Amazonia no nos daba tregua: Manaus a la vista!

Que ha corrido mucha agua desde el momento en que se escribe este relato y el momento en que sucedió, puede ser, como puede ser que no. Que sería mejor haberlo escrito no bien estábamos vivenciando los hechos hubiera ayudado a servirnos de más detalles, seguramente. Pero también el paso del tiempo nos pone en perspectiva y nos hace que valoremos mejor lo vivido. De todas maneras, acá estamos, tres meses después de haber estado en territorio amazónico, tratando de expresar las emociones y las vivencias de ese tramo del viaje. Teniamos depositadas muchas y muy diversas expectativas en esta ciudad. Muchas preguntas. ¿Cómo será una ciudad en el medio del Amazonas, sus personajes, se notaría la indomabilidad de la naturaleza en sus calles? Todo un imaginario rondando esa ciudad que pronto íbamos a conocer.


La llegada a Manaos fue caótica. Los encargados de la balsa contaban con muy poca experiencia para descargarla y ninguna facilidad. Para peor, la lluvia, de a ratos, hacía imposible el trabajo y hasta la desidia del equipo atentaban contra la descarga de la balsa. Nosotros estábamos muy bien ubicados al frente para salir primeritos, pero la gerencia mandó a poner la rampa en otra balsa primero. Después se dieron cuenta de que de la otra balsa no podían bajar los autos porque algunos estaban chocados y se tenia que hacer presente el seguro de cada uno, antes de bajarlos. Empezaron a llegar los dueños de otros autos y la mirada atenta de todos sobre las maniobras hacía las cosas aún más lentas. Estuvimos 8 horas para que nos pongan una rampa y bajarnos. Cuando finalmente lo hicimos, ya eran las 7 de la tarde, había anochecido y nosotros no teníamos adónde quedarnos en Manaos.

Monitos en el jardín botánico, plena ciudad!
Sin hacernos muchas preguntas salimos a la calle. Notábamos que 10 días en el agua, lo dejan a uno con una sensación de mareo y desorientación, una vez en tierra firme. Encima estábamos en medio del peor tráfico de la ciudad. Tratando de aclarar un poco las ideas, decidimos que lo primero era comer. Entramos a un shopping, con nuestra pinta de náufragos y comimos en Subway, que debe haber sido el mejor sándwich del mundo en ese momento. Después ya nos quedamos frente al inevitable momento de siempre ¡¿Dónde dormimos??!! Nuestra guía de viaje poco ayudaba, y los precios no nos convencían (o convenían). Ya nos habían advertido nuestros amigos camioneros que en Manaus no hay estaciones de servicio donde pasar la noche, pero igual no descartamos la opción y comenzamos a buscar. Encontramos una estación, muy céntrica, que estaba recién estrenada. Paramos y preguntamos si podíamos dormir ahí. Tuvimos suerte, el encargado estaba de buenas y no le quiso ensuciar el karma a la estación, así que nos dejó pasar ahí la noche. Aclaró muy bien que sólo por esa noche. Nos acomodamos lo más rápido posible, y sin que nos importen los ruidos externos (que eran muchos, estábamos sobre una avenida bastante concurrida) nos dormimos como bebés. Al otro día entramos en la ansiedad de conocer Manaus y nos la pasamos vagando por las calles y probando todos los frutos y brebajes amazónicos que conseguimos.


Otra vez nos cayó la noche y nosotros sin lugar donde dormir. Intentamos de nuevo en las estaciones de servicio y nada. Además Manaus no parece un lugar muy seguro como para dormir en cualquier lado. Para colmo, nos enteramos de la muerte de Hugo Chávez y nosotros tan cerca de Venezuela. No lo podíamos creer. Nos perdíamos la Venezuela de Chávez. ¿Cómo iba a ser viajar por ese país con tanta incertidumbre rondando?

En fin, terminamos en la Pensión Sulista. La opción menos cara, porque barata no es. El Chico fue el clandestino. Dispuestos a hacerlo pasar la noche en el auto, solito, aunque se nos partía el corazón, empezamos a preparar su lugarcito, para que estuviera cómodo. Un empleado de la pensión, nos preguntó adonde iba a dormir el perro. Le contestamos que en el auto. Empezó a decir que si no se ahogaba ahí adentro, que el conocía historias sobre gente que se había asfixiado en autos cerrados y que abrir un poco las ventanas no basta, etc. Todo lo decía en tono de desesperación, como si él mismo fuera a dormir en la Kangoo. Nosotros tratábamos de tranquilizarlo, pero no mucho, para ver si se movilizaba y Chico pasaba mejor la noche. El hombre fue a pedirle al dueño de la pensión que nos dejara tener a Chico en el cuarto. El dueño vino con mala cara a preguntar si el perro ladraba. Con cara de ángeles le juramos que no. Nos dijo que si el perro llegaba a ladrar nos echaba de la pensión con perro y todo. Nos metimos en el cuarto y el Chico, como si supiera que la cosa pasaba por él, se portó como un perro bueno y hasta ligó una cama para dormir! Vale aclarar que hemos dormido muchas veces con los vidrios del auto totalmente cerrados y no nos morimos ni nos faltó el aire! Eso es un mito total. Al día siguiente volvimos al vagabundeo. Mucho ya no nos quedaba por ver, pero igual, una ciudad así hay que sentirla. Y se la siente caminándola de cabo a rabo.

Aquí la naturaleza es indómita y al primer signo de abandono por parte del humano se hace dueña de cualquier lugar
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jueves, 6 de junio de 2013

Y el Amazonas fue nuestro...

Nuestra travesía por Amazonia se seguía haciendo desear. Después de embarcarnos, fueron dos días y dos noches anclados en el puerto de Belém, esperando el lento y desorganizado embarque de todos los autos y camiones que completaban la carga. Nada nos importaba, ya estabámos arriba, con comida gratis, y cómodos durmiendo en nuestro mini rodante.

Además de los LatinoameriKangoos, habían 7 tripulantes incluída la cocinera, que si bien de simpática no tenía nada, nunca dejó a nadie sin comer, y hasta modificó su forma de cocinar para atender gustos particulares. También viajaban dos camioneros que iban acompañando sus cargas y lograron colarse en la balsa como nosotros: Claudio y Ezequías. El primero, que aunque es catarinese le pusieron gaúcho, es marxista sin saberlo y un poco fascista también, a conciencia. Con él mantuvimos largas charlas sobre política que animaron las mañanas junto al "cimarrão", o sea, un mate a lo brasilero. Le compartimos nuestras Venas abiertas, del inefable Galeano, lo leyó de cabo a rabo y le encantó! El segundo, a quién por 5 días llamamos de Ezequiel, porque no le entendíamos ni el nombre cuando hablaba, es nordestino y además atravesado. Resultó ser una gran persona, y pegamos buena onda, a pesar de entendernos casi sólo con gestos. El Chico fue el que más linteractuó con él porque, todos los días, Ezequías le daba comida de verdad (entiéndase, no alimento para perros). Fue al único que no le ladraba furiosamente si se acercaba a nosotros o al auto, y tenía sus motivos.

Claudio, Facu, Ezequías y un simpático tripulante
Tanto Claudio como Eze nos enseñaron las reglas de "etiqueta" de los navegantes, así no la errábamos y terminábamos saliendo por la borda, sin escalas, hacia Manaos. Pues abundan las historias de camioneros borrachos que se pelean con la tripulación y estos se encargan de tirarlos al río. Nos acompañaron en la travesía y nos fueron contando los secretos del río mientras nos volvíamos amigos de la vida y nos preguntábamos ¡¿Cuándo íbamos a llegar?!

Desde Belém se tarda dos días en llegar hasta el rio Amazonas. Antes hay que navegar el Río Guarajá y el Río Pará. Esos dos días son de los más hermosos ya que en la orilla del río se puede avistar como viven las comunidades indígenas ribeiriñas. Se los ve felices: los niños se suben a las balsas para pedir galletitas u otras cosas que no pueden conseguir de otra forma, los padres se acercan a intercambiar pescado por pollos y vender algunas frutas, castañas o pequeñas sillas de madera hechas por ellos mismos. De vez en cuando se ve algún indiecito bien rubio, lo que da la pauta de que tan aislados no están. Las casitas las construyen sobre pilotes de madera, encima del río, rodeadas de vegetación y parece mentira que alguien pueda vivir ahí, sin pisar nunca la tierra.


Ya una vez que se está navegando el Río Amazonas, el área no está protegida por ninguna reserva (aunque parezca irónico) y el panorama es otro. Los habitantes siguen construyendo sus casas sobre el río y con madera, pero ya no dejan nada de la vegetación de alrededor y pequeños aserraderos se escuchan por todo el camino, así como también se ven balsas del largo de dos cuadras llevando troncos de árboles que tardaron cientos o decenas de años en crecer. A medida que se va avanzando, la vegetación escasea cada vez más, pero abundan pequeñas granjas, con sus gallinas, sus cabras y sus vacas alimentándose en la margen del río. También prolifera como una peste (y espero no ofender a nadie) la iglesia "Assambleia de Deus". Habremos visto una treintena de ellas a lo largo de todo el viaje, hasta en los lugares más remotos.

Ahí van los árboles del Amazonas
Todo esto lo íbamos observando desde nuestra balsa, que de suerte alcanzaba los 10 km por hora, y nos sumía en un sopor interminable. Nuestra "balsa" consistía en 1 remolcador que empuja dos grandes plataformas de 75 mts de largo por 20 de ancho, en donde viajan todos los autos y camiones. Durante el día nos ubicabamos al principio de la embarcación, de frente al río, y colgábamos nuestra hamaca abajo de una "cengonha", que es un carro que se acopla a un camión para transportar dos pisos de autos. Así, abajo de un Chevrolet Vectra gris, los días pasaron entre macramé, lectura, charlas, siestas y tereré.

El Capitán Mimiro y sus dos balsas enganchadas.
Tanta había sido nuestra maquinada con todo el tema de transportarnos hasta Manaus, que no nos dimos la oportunidad de prepararnos animicamente para la selva más conocida, polémica y nombrada de la historia. El día antes de salir, alcanzamos a leer nuestra escueta guía de viaje, Lonely Planet, que a decir verdad no le hace nada del honor que se merece a esta parte del planeta. También nos conseguimos un libro de Isabel Allende, Las aventuras del Águila y el Jaguar, cuyo primer tomo transcurre en la Amazonia. Hay que darle el crédito a Isabelita, que se documentó muy bien para escribir el libro y combinó la geografía y la historia, ya mágicas, de la Amazonia brasilera y venezolana con un toque de ficción que permite seguir la realidad de la zona casi a la perfección, si se lee en la clave correcta. Ahí empezamos a entender un poco más de qué se trataba.

Así juegan los niños en el Amazonas.
Unos atardeceres de ensueño, en silencio absoluto, rodeados de la más salvaje naturaleza. Y el Amazonas fue nuestro...


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miércoles, 5 de junio de 2013

Preparándonos para el Amazonas en Belém do Para

La travesía por el río Amazonas ocupó nuestras cabezas por meses. No eran pocos los obstáculos que teníamos que sortear, desde el precio del flete del auto y nuestros pasajes, hasta la forma de transportar al Chico, ya que llevarlo en los usuales barcos de pasajeros con hamacas colgadas unas encima de otras, y con todos los pasajeros hacinados, no parecía muy factible.

Mercado Ver-o-Peso, increíblemente popular y bueno!
Con todas esas dudas, y muchas más elucubraciones alrededor, llegamos a Belém do Pará, ciudad mítica si las hay, portal de la Amazonia. Con la tranquilidad y comodidad que nos brindó nuestro amigo de Couchsurfing, Rafael, pudimos dedicarnos a hacer todas las averiguaciones pertinentes para llegar a Manaus, mientras conocíamos esa ciudad, aunque sea un poco. Ya se empezaba a palpitar la Amazonia, con sus hierbas medicinales, los brebajes que rozan la brujería, frutos exóticos y una humedad y lluvias implacables. Además de que los rostros de las personas comenzaron a mostrar sus rasgos indígenas (caboclos) y el río se extendía como un mar en el horizonte. Nosotros nos dedicamos a absorber todo lo posible de esa cultura y no dejamos pasar la culinaria: quién tenga la posibilidad de probar la autentica guaraná de Amazonia o un plato de douradinha frita con açaí en el Mercado Ver-oPeso, no deje de hacerlo!


Por el lado de la travesía, le dimos muchas vueltas a la ciudad en búsqueda del mejor precio y de la posibilidad de subirnos al mismo barco con la Kangoo. Todo parecía indicar que viajar junto con la Kangoo sería imposible, que ya ninguna balsa carguera estaba transportando pasajeros, y hacerlo está prohibido bajo grandes multas. Después de muchos problemas con camioneros que viajaban con sus camiones en las balsas, se emborrachaban, se peleaban, se caían al río y hasta se mataban, la ley prohibió transportar pasajeros junto con vehículos.

Estábamos casi con las ilusiones derrotadas, aceptando que nos separaríamos de la Kangoo por 10 días, y sabiendo que esto significaría un durísimo golpe al bolsillo, además de exponernos a robos y muchos nervios. Así que nos jugamos la ultima carta. Fuimos a una estación de servicio donde nos habían dicho que se juntaban los camioneros, para ver qué podíamos conseguir. De tanto insistir, dimos con una persona que nos contactó con un hombre con quién nos juntamos en Icoaraci (al Norte de Belém). Ese hombre nos conseguía un precio considerablemente más barato que otras empresas y nos llevó a hablar con el gerente de una empresa naviera. Ante nuestro pedido de viajar con el auto, el gerente nos dijo que había una posibilidad, pero debía confirmarlo con la capitanía. Nada era seguro. Nos pidió que fuéramos al día siguiente a embarcar el auto y que ahí nos enteraríamos si podíamos viajar en la misma balsa.

Hasta Chico estaba harto de esperar!
Nos fuimos contentos, pero tratando de no hacernos ilusiones. Por las dudas armamos nuestro plan B: nos hicimos la mochila como si tuviésemos que viajar por otro lado, y aseguramos las puertas de los cajones de la Kangoo, en donde están todas nuestras pertenencias, con dos robustas maderas y clavos, para disminuir el riesgo de algún robo. Al otro día llegamos a la hora pactada y nos encontramos con una buena y una mala noticia. La balsa no salía ese día, pero ya era seguro que ibamos a poder viajar junto con el auto! Nos fuimos muchos más ilusionados todavía, pero sin poder creerlo, el plan B seguía vigente.


Al tercer día fuimos a embarcarnos y otra desilusión: aún no había llegado el Diesel para la balsa (por lo menos eso nos dijeron), así que no podíamos salir. Más espera... Nuestra ansiedad estaba por las nubes, ya que al Chico nunca lo declaramos como equipaje. Quien escribe sin embargo, siempre pensó que el perrito está tan mimetizado con nosotros que es raro que nos lo hagan dejar afuera de algún lugar o actividad, ya verán más adelante que la teoría se va reforzando.

Finalmente la cuarta fue la vencida, y el día sábado nos embarcamos los cuatro en "Capitán Mimiro", la embarcación que nos llevaría a Manaus, aún sin poder creer lo bien que se nos había dado todo.  

Ya embarcados en el Capitán Mimiro con perro y todo! Por Chico nadie preguntó nada, viajó gratis :)
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